- Humo y Espejos
Hay veces que nos apetece leer algo y no sabemos el qué o no hay mucho tiempo, este es un libro para esos momentos, hay un poco de todo, son historias cortas, escritas por Neil Gaiman, no tienen una temática concreta. Son historias pedidas por diferentes escritores, los cuales le pedían que hablase de un tema en especial, sobre el Santo Grial, sobre sexo, cuentos adaptados para adultos, sobre terror y sexo, venganza, superstición, mas sexo... y otros diferentes temas.
Es uno de mis libros preferidos, siempre hay una historia que me apetece volver a leer en un momento u otro, no me podría quedar con una sola, cierto es que hay alguna que me gusta mas que otra, pero cuando me acuerdo de una otra me viene a la cabeza y luego otra y otra y otra mas y así con casi todas, así que dejo a gusto de cada lector la suya, pero si sólo me tengo que quedar con una, me quedo con "El puente del Troll" aunque......
Quitaron casi todas las vías férreas a principios de los sesenta, cuando yo tenía tres o cuatro años. Recortaron drásticamente el servicio de trenes. Eso significaba que no había adonde ir si no era a Londres, y la pequeña ciudad donde yo vivía se convirtió en el final de la línea.
El primer recuerdo fiable que tengo: a los dieciocho meses, mi madre está en el hospital dando a luz a mi hermana y mi abuela pasea conmigo hasta un puente y me alza para que vea el tren que pasa por debajo, jadeando y echando vapor como un dragón de hierro negro.
Durante los años siguientes, se perdió el último de los trenes a vapor y, con él, desapareció la red de vías férreas que unían pueblo con pueblo, ciudad con ciudad.
Yo no sabía que los trenes estaban desapareciendo. Para cuando tenía siete años, habían pasado a la historia.
Vivíamos en una casa vieja en las afueras de la ciudad. Los campos de enfrente estaban vacíos y en barbecho. Solía saltar la valla y echarme a leer a la sombra de un juncal pequeño; o si me sentía más intrépido exploraba el parque de la casa solariega vacía que había al otro lado de los campos. Tenía un estanque ornamental atascado por las algas, sobre el que había un puente bajo de madera. Nunca vi a un encargado o a un guarda en mis incursiones en los jardines y bosques y nunca intenté entrar en la casa solariega. Eso habría sido exponerse al desastre y, además, para mí era cuestión de fe que todas las casas viejas y vacías estaban embrujadas.
No es que fuera crédulo, simplemente creía en todo lo que era oscuro y peligroso. Parte de mi credo juvenil era que la noche estaba llena de fantasmas y brujas, hambrientos y agitando los brazos y vestidos completamente de negro.
Lo opuesto también era válido y eso me tranquilizaba: la luz del día era segura. La luz del día siempre era segura.
Un ritual: el último día del tercer trimestre escolar, de camino a casa, me quitaba los zapatos y los calcetines y, sujetándolos con las manos, recorría el camino pedregoso de sílex con pies rosados y tiernos. Durante las vacaciones de verano sólo me ponía los zapatos bajo coacción. Gozaba no teniendo que llevar calzado hasta que el colegio empezase otra vez en septiembre.
A los siete años descubrí el sendero que atravesaba el bosque. Era un verano caluroso y radiante y aquel día me alejé mucho de casa.
Estaba explorando. Pasé junto a la casa solariega, con sus ventanas cerradas con tablas y tapiadas, crucé el parque y atravesé unos bosques desconocidos. Bajé gateando por un talud empinado y me encontré en un sendero sombreado que para mí era nuevo y que estaba cubierto de árboles; la luz que atravesaba las hojas estaba teñida de verde y oro, y pensé que me hallaba en el país de las hadas.
Otra historia que me pone los pelos de punta y me encanta es "El Precio" o un cuento adaptado "Nieve, Cristal, Manzanas", algo para reírnos "Se lo podemos hacer al por mayor" y así puedo seguir hasta terminar con el libro, pero esas son de las que mas me gustan.
Recomiendo a todo el mundo esta lectura y diría que es obligatoria, así que ya sabéis...... a leer que es muy bueno.


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